Lo fundamental eran sus contenidos...
Cabe una reflexión a esta declaración. Una sóla, ya que Vicente Domínguez acaba de llegar y no se ha puesto aún a desarrollar su plan de trabajo, se está remangando la camisa. Pero esta declaración es de principios. Lo fundamental eran los contenidos, o la internacionalización. Para que se puedan proyectar contenidos de una programación innovadora, participativa, sostenible y atractiva, lo fundamental es tener claro a dónde se quiere ir, con quién y cómo. Me pregunto, si de verdad esa era la estrategia del éxito, que tanto cacareaba Natalio cuando hablaba de un modelo gestión de excelencia que había definido muy bien Tom Peters, hace unas décadas antes que Natalio Grueso, que no definía, ni su propia improvisación. Aquel modelo de gestión no sabía a dónde iba, ni tenía un plan director oculto, lo iba escribiendo sobre la marcha.
Llamo al centro cultural así, Centro Niemeyer de Avilés, porque está en el territorio municipal de Avilés, porque es el resultado de una promesa política y social que el gobierno de Asturias le hizo a esta ciudad y a un amplio colectivo de artistas asturianos a los que prometió una alternativa a los problemas que se plantearon en movilizaciones públicas. Y es de Avilés porque ocupa su territorio, su existencia implica una intervención arquitectónica y urbanística, que afecta la movilidad, los accesos y los servicios.
Además el proyecto del Centro Niemeyer de Avilés se planteó como una intervención urbanística de puesta en valor de esa parte del territorio de Avilés, degradado, olvidado y casi inaccesible para la ciudadanía. Con el Centro Niemeyer de Avilés ganamos en calidad medioambiental, aunque seguimos teniendo índices de contaminación altísimos y hasta ahora inexplicables. Los hechos siempre importan. Se había recuperado un territorio a la vieja, franquista y contamiente industria local. Cuyo cierre fue la causa, de que la ciudad sufriera durante la reconversión industrial, la perdida de muchas oportunidades de desarrollo económico y social. Avilés necesitaba recuperar aquel territorio, expropiado en su día para el bien común, para poder crecer como ciudad y como sociedad. Avilés tiene un corsé territorial muy estrecho, como sabéis, el centro cultural le permitía ocupar un nuevo espacio. El Centro Niemeyer de Avilés era el proyecto ideal para poder crear ciudad en este territorio, por cierto público.
La gestión de todo el proceso, desde cómo se aterriza un diseño arquitectónico en una servilleta, en una proyecto técnico y se lleva al presupuesto, desde la selección del equipo gestor, hasta las asignaciones económicas, desde la creación de la fundación hasta el intento de privatizar su gestión, por buscar una eficiencia económica, es un rosario de improvisaciones y tropelías, como para escribir un tratado de lo que no debe hacerse y sin embargo se hace en la gestión de un centro cultural público.
El caso es que se hizo el Centro Niemeyer de Avilés,se hizo sin accesos, sin estacionamiento y sin participación ciudadana. Desde entonces hasta hoy hemos dado muchos tumbos. Pero la internacionalización siempre estuvo presente. Natalio Grueso la entendía como una proyección de programas y actividades de gran impacto mediático y que implicaban gestiones y costes elevados. Pero los efluvios de aquella internacionalización de Avilés, además de caros, no desarrollaron la gran actividad económica que se había prometido en lo local. Las razones del fracaso aún están en los juzgados.
A mi humilde entender el fracaso del proyecto, no tiene que ver con la programación, ni con la internacionalización. El fracaso del Centro Niemeyer de Avilés; que fue un proyecto ilusionante para el imaginario colectivo local de empresarios, asociaciones, emprendedores, políticos, artistas, técnicos culturaes y expectadores; es que no nos ilusiona, nos desencantó. Hemos perdido la fe a golpe de escándalos, de desencuentros, de despilfarros, de averías y de falta de participación. El Centro Niemeyer de Avilés siempre pecó de ser un proyecto de despacho, enfocado a la democratización de la cultura como expectáculo de consumo para el ocio de unas minorías privilegiadas, que además siendo público, se comportaba como una fundación privada y opaca.